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Política y felicidad

Menudo dilema.

A pesar de la crisis, persiste en la sociedad la idea de que "la política es un puro". Para quienes estamos "enganchados", esto nos parece un disparate, pero no somos capaces de convencer a nadie de que cambie su actitud.

Frente a los incrédulos, parecemos gatos maullando en lo alto de solitarios tejados. Repetimos cansinos la cantinela de que "la política importa", de que el mundo se nos va al carajo por culpa de los malos políticos; por una democracia anémica. ¡Y mira si somos pesados y que - incluso - hay quien nos da la razón para callarnos!

Pues nada: "Paso de ese asunto" - ésa es la (im)postura generalizada.

¿Por qué?

Porque se entiende que la política es fuente de preocupaciones y causa de infelicidad. Parece evidente que nadie con ideales políticos ha conseguido nada más en la vida que sufrir y amargarse. Seguro que hay quien opina que la "inquietud política" es una enfermedad crónica, haciendo bueno el dicho de los políticos: "no se preocupen ustedes; sigan disfrutando sus vidas, que ya estamos aquí nosotros para preocuparnos."

Hay una postura ante la vida que desprecia todos los esfuerzos que no tengan una recompensa inmediata. Hay quien se ha quedado enganchado a las alegrías y las inquietudes infantiles, a los indios de plástico y las meriendas con nocilla; No ha pasado al siguiente escalón: El de aceptar nuestra propia fragilidad. El de perdonar los complejos heredados y reirse de nuestros "pedos mentales".

¿En qué escalón estamos los que "sentimos" y "padecemos" la política?

Hay que pensarlo tranquilamente, porque nos movemos siempre al borde, entre lo ideal y lo práctico, según nos venga el día. A mi me viene pasando que la política ha dejado de parecerme una preocupación mesiánica para ser una preocupación natural, una pieza de mi mismo. Me alivia mucho reconocerlo, porque si a mí - que soy una triste víctima de la LOGSE - me ha ocurrido antes de los 30, quiere decir que no hay mala educación que no pueda curarse.

Ojalá, el día de mañana, la educación fomente en los jóvenes la inquietud por realizarse plenamente como personas. A día de hoy, me conformo con que, gente como yo, malcriada e inculta, sea capaz de mirarse en el espejo e ir, poco a poco, retirándose la pelusilla de los ojos. Creo que esto es fundamental, porque vencer las dificultades pasa necesariamente por aceptarlas y comprenderlas antes de afrontarlas.

Esa entelequia que llamamos "política", vista desde una perspectiva "un poco más madura" de la vida, no puede sino inspirar una actitud cargada de vitalidad, radiante de esperanza. "Somos animales políticos" y, de un modo más o menos consciente, vivimos sumergidos en un mundo construido sobre relaciones políticas. Tomar contacto con esta realidad - y dejar de ser, por tanto, un ignorante - es, al menos, para sentirse aliviado.

Si los que amamos la política aceptamos que las preocupaciones políticas son causa de un padecimiento sin cura, sencillamente hemos fracasado antes de empezar. Más bien, debemos hacer nuestro lo que decía Serrat: "Nunca es triste la verdad; Lo que no tiene es remedio".

La vocación política de un ciudadano comienza siempre por entender que la realidad que vibra detrás de esa vocación es la que es, no la que nos gustaría que fuera. Desde una visión lúcida de los problemas colectivos, se dibuja claramente un camino que nos lleva directamente a la felicidad, porque quien defiende lo que cree que es bueno, el que lucha por el bien propio - sin perjuicio del bien de los demás - y el que exije para sí el mismo respeto que dedica a los demás, no debe cargar a sus espaldas la culpa por los daños que no ha cometido, ni debe sentir vergüenza por el tamaño de sus manos o de sus piernas: cada uno abarca lo suyo y anda lo que puede. Todo lo que hacemos nos distancia de ese estado vegetativo de las almas muertas y nos acerca más al mundo y a lo que somos realmente.

Hoy, igual que siempre, nos damos a conocer por nuestros actos. Claro que el rencor, la ceguera y la envidia pueden alimentar la ambición política. Claro que la historia está plagada de decisiones políticas que han regado la tierra de sufrimiento. Pero quien quiere la democracia porque cree en la igual dignidad de todos los ciudadanos, el que cree que un hombre justo basta para salvar una nación, el que siente un voto como extensión de la palma de su mano, ¿qué entiende de toda esa basura? Este pobre hombre se mueve por la vida, acechado por el porvenir, envuelto en sombras de un mundo que no puede comprender ni controlar, demasiado complicado. A este buen hombre le pregunto yo: ¿Te hace feliz la política?

Especulaciones sobre el sistema electoral. Principios.

Dándole vueltas al último artículo de mi estimado compañero Luis Alonso Quijano, he llegado yo mismo a dudar de algunas ideas que consideraba intocables sobre la organización del sistema electoral. De repente, se me ha ocurrido que igual merecía la pena ponerlo por escrito, a ver si alguien les ve sentido a estas divagaciones mías. El papel lo aguanta todo, así que estén sobre aviso de lo que viene a continuación.

Empecemos por el principio: ¿Qué es un sistema electoral? La definición fetén nos la da la wikipedia: el conjunto de principios, normas, reglas y procedimientos técnicos enlazados entre sí -y legalmente establecidos- por medio de los cuales los electores expresan su voluntad política en votos que a su vez se convierten en escaños o poder público.

  • Los principios del sistema electoral definen las condiciones generales del mismo: quiénes pueden votar, quiénes pueden ser elegidos, cómo es el voto.
  • Lar normas definen los procedimientos a seguir y las reglas a las que deben atenerse actores y procesos que participen en el sistema electoral. Hay normas para ser candidato, normas que definen un censo electoral, otras que definen cómo debe ser un colegio electoral, cómo se organiza una campaña...
  • Las reglas definen los medios de control jurídico del proceso, que sirven para resolver conflictos y disputas, así como imponer sanciones, llegado el caso.
  • Los procedimientos técnicos permiten, de acuerdo con las normas y dentro de los principios establecidos, convertir los votos en representantes públicos.
Hasta aquí la teoría que nos interesa. A partir de este punto, debemos preguntarnos: ¿qué votamos? Resulta, por lo pronto, que no se puede concebir un sistema electoral separado de su gobierno. Todo gobierno democrático que se precie se organiza de acuerdo con un sistema electoral justo porque, al fin y al cabo, un sistema es sólo una manera de convertir votos en legitimidad. Si todo gobierno tiene sus facetas - al menos, la ejecutiva, la legislativa y la judicial - cada una de ellas debe organizar sus cargos de acuerdo a un sistema electoral. En España, asumimos que el sistema electoral es el que dice cómo se organizan el Parlamento y el Senado, pero también hay un sistema para elegir al poder ejecutivo y otro para formar la cúpula del Poder Judicial.

Si nos planteamos reformar este sistema, podemos hacerlo ciñéndonos a las convenciones clásicas (debe ser mayoritario / debe ser proporcional) o podemos aventurarnos a hacer una propuesta que rompa con las limitaciones que daban lugar a esa clase de disputas. No estoy diciendo nada trasgresor; sólo estoy invitando a aprovechar al máximo el repertorio de variables que definen un sistema electoral.

De principio, queremos un sistema electoral democrático. Para ello, debe estar dotado de sufragio universal, libre, personal e intransferible. Además, debe estar asegurada la separación e independencia de poderes, lo que significa que debe existir una elección por cada unidad de poder ejecutiva, legislativa y judicial. Ahora bien, ¿quién decide la organización jerárquica de los tres poderes? Esto es: ¿Quién reparte las atribuciones ejecutivas, legislativas y judiciales entre los ámbitos nacional, regional, provincial y local? Obviamente, debe hacerlo la Constitución. Por lo tanto, nuestro sistema electoral tiene que ser igualmente válido con independencia de esa estratificación del poder e, incluso, de que ésta sea sea susceptible de modificarse.

Se plantea la cuestión de quién puede presentarse a las diferentes elecciones y tenemos que empezar a tomar decisiones: si alguien quiere ocupar un cargo en el poder judicial, se entiende que debe cumplir una serie de requisitos, lo que no ocurre si quiere ser alcalde o diputado por su provincia. ¿Es apropiado exigir unos mínimos? Personalmente considero que sí, aunque con ciertas prevenciones. Los romanos tuvieron un sistema, llamado cursus honorum, que regulaba la carrera pública durante la república. Aunque fue mutando a lo largo de los años y, en ocasiones, fue manipulado desde el poder en su propio beneficio, el cursus establecía condiciones que, incluso hoy en día, podrían parecernos sensatas y adecuadas. Entre ellas, por ejemplo, que la carrera política tenía que empezarse desde el peldaño más bajo para llegar al más alto. Es cierto que un abuso de la regulación podría cerrar el ejercicio de la política a determinadas personas o dejarlo en manos de las oligarquías, pero una regulación ambigua y partidaria -como la actual-demuestra que la falta de exigencia y de ordenamiento se traduce en una pobre calidad del servicio público y, por extensión, afecta a la vocación y a la valoración social de la política.

Cerrando el capítulo de los principios, tenemos que discutir si es oportuno que los ciudadanos participemos en todos los procesos electorales o, por el contrario, es mejor que algunos procedimientos se den al margen del pueblo. En España, por ejemplo, no se convocan elecciones para nombrar a los jueces del Tribunal Constitucional, ni tampoco - aunque parezca lo contrario - para elegir al Presidente. Es cierto que hay una correlación entre la composición del Parlamento y el candidato investido, pero lo que hacemos al depositar nuestro voto es darle nuestro apoyo a la lista de candidatos a Cortes que se presenta en nuestro distrito electoral. ¿Estamos de acuerdo con esa mezcla de poderes? ¿Nos parece bien, por ejemplo, que el Poder Judicial se ordene de espaldas a los ciudadanos? Yo opino que no hay argumentos en contra de una elección popular para cada poder. En el caso del judicial, nuestro sistema actual demuestra que, sin la intervención del pueblo, ya hay jueces populistas y jueces que promocionan no por sus méritos profesionales sino por sus simpatías y filiaciones, todo ello empeorado por el hecho de que, como todo queda en el terreno de los partidos, la preocupación por la calidad de la justicia sólo se toma en serio cuando los fallos del sistema provocan la ira del respetable, como hemos visto últimamente. ¿Un sistema electoral empeoraría todo eso?

Procedimientos simplitos... para gente simplita. ¿Eso es lo que queremos? Si los ciudadanos no empezamos a tratarnos a nosotros mismos como gente madura, capaz de reflexionar y de hacer valer nuestro criterio cuantas veces se nos pida que vayamos a las urnas... no va a hacerlo nadie por nosotros.

Para la democracia, siempre será mejor un sistema electoral que defina claramente quién, dónde, cuándo, cómo y qué podemos elegir, que abra la participación a todos los ciudadanos, que organice los poderes públicos desde el ciudadano
y que esté bien complementado con leyes que aseguren la higiene y la salud de la política que un sistema electoral "clásico" que, dentro de los parámetros tradicionales, se centre en resolver de un modo adecuado el problema de la representación y la representatividad, porque las circunstancias cambian, los ciudadanos se aburren, se cansan y se desentienden, los políticos se corrompen y, a la larga, todos los sistemas electorales se hacen viejos, pero la democracia necesita que la mantengan fresca, o se convierte en lo que tenemos en nuestro país.

Queda en el aire la pregunta: ¿Y qué clase de sistema electoral puede mejorar lo anterior?

El próximo día trataré de responder.

Los pecados capitales del ciudadano

Hace ocho años que buceo en diferentes ambientes políticos de la red y la sensación de cabreo general que noto a mi alrededor no la había visto jamás. Es cierto que uno se explaya en la Red y que se permite decir cosas que no diría normalmente en una conversación personal, pero tengo el convencimiento de que no es el producto de la mala leche remansada, de viejas rencillas ni heridas mal curadas que se hayan acumulado a lo largo de estos años. Tampoco creo que sea debido al hundimiento económico del país: he observado que la gente con problemas tiene tendencia a afinar el ingenio y apretar los dientes; en definitiva, a dar valor a los pocos minutos en que puede aparcar su angustia para chapotear un rato.

Se me ha ocurrido pensar una tontería que necesito espantar de mi cabeza: A lo mejor es que estamos empezando a tomarnos en serio la política.

No. No puede ser. A estas alturas, no creo que muchos internautas españoles se lleven a engaño pensando que Internet es la solución a los problemas políticos del país. Todo lo contrario, creo que, haciendo gala de nuestras buenas costumbres, lo hemos convertido en un mentidero de categoría. A lo largo de la gran rambla digital, hemos ido montando nuestros corrillos y cenáculos. Aquí campamos, por igual, los vendedores ambulantes con sus huesos de santo, los funámbulos con sus espectáculos, los borrachos con su zigzagueante sombra, los de mala baba y los de buen corazón, mezclados y confundidos, los inocentes, los bocazas, los mentecatos, los ignorantes, los listos y los enterados... una gran sociedad de prohombres, al fin, que llevamos a cuestas nuestros pecados domésticos por esta alameda virtual. Sin embargo, no encontraremos a muchos dispuestos a solucionar esos problemas que levantan tantas ampollas y que generan tantos megabytes de discusiones peregrinas.

Todo esto viene a cuento de un artículo que leí el otro día en Ciudadanos en la Red y que decía lo siguiente:
Ante la penuria que vivimos y las extravagancias que nos obsequian nuestros representantes públicos, sólo queda una alternativa: definirse.

La cosa no podía empezar mejor, así que me lancé a devorar el resto del artículo... para llevarme una pequeña decepción, que comienza con un cabreo palpitante:
Si los políticos han convertido la política en una mezquindad es su problema, el nuestro, el de los ciudadanos, es que su estupidez no arruine nuestra existencia. Para eso los españoles tenemos que ponernos de acuerdo en varias cosas, la primera en lo que somos, la segunda en lo que queremos, la tercera en como lo conseguimos.

Estoy de acuerdo con que la acción de los políticos ha pasado hace tiempo el grado de la estulticia y, en muchos sentidos, ha entrado en el de la perversión y el cinismo, pero no perdamos de vista el hecho de que los políticos no son una raza de alienígenas que nos subyuga, sino gente nacida en nuestros pueblos, que se gana la vida en la profesión más sucia y artera que la humanidad ha concebido. Pedirle a un político que no sea un canalla, en un país como España, es como pedirle a los Curie que se cuiden la salud: ambos manejan mierda muy peligrosa y es inevitable que acaben envenenándose por su culpa. Claro es que nadie le deseó ningún mal a la entrañable pareja de científicos y que, a pesar de las buenas intenciones, a veces no se puede reprimir el deseo de que éste o aquél se muerda la lengua, tropiece con una arruga de la moqueta, se dé un golpe en la frente al subirse al Audi o le sobrevenga una descomposición intestinal en mitad de una reverencia, pero la cosa no llega a mayores, porque, al fin y al cabo, todo esto es "por la guasa".

El interés deja paso al desconcierto al tiempo que la gracia se torna gravedad, porque, queriendo parecer serias, lo que transmiten las siguientes líneas, para mí, es ansiedad.
En cuanto a lo que somos, el factor común nos viene dado gracias a nuestra historia, y se actualiza en nuestra Constitución: somos españoles, a secas. Y sólo por eso tenemos libertad, igualdad, derechos, obligaciones, y la voluntad de aceptar exclusivamente un marco de juego democrático y justo. Todo lo demás es engaño.

La segunda está bien clara, que se vayan los políticos a la mierda, porque además de nefastos para nuestro presente, son un peligro indefinido para nuestro futuro.

En primer lugar, no me parece que se pueda resumir la condición de los españoles en una frase, ni tampoco puedo estar de acuerdo en que la raíz de mi libertad ni mi igualdad esté en mi condición de tal. Por otra parte, que me someta a derechos y acepte obligaciones que enraizan en una ley refrendada (o no; nunca lo supe) por mis abuelos y que haya heredado un supuesto sentimiento de identidad imbricado en una historia que conozco (y mal) a retales, no me parece ni necesario ni suficiente para que tenga que soportar todo lo que está pasando en este país. Pero pienso más: ¿de verdad nace mi deseo de justicia y mi afán democrático de "ser español a secas"? ¿No podría darse el caso de que, siendo "español a secas", prefiriera una oligarquía corporativa o una dictadura paternalista? ¿No podría darse el caso de que siendo "un morito cualquiera" no tuviera más ganas de democracia y sed de justicia que uno nacido en Alcorcón? Todo esto es polémico y problemático de responder. Al mismísimo Platón le costó un libro entero responder a la pregunta "¿qué es la justicia?", así que esto es correr demasiado. Correr demasiado para acabar estampado, además, porque, si los políticos son un peligro indefinido para el futuro, ¿qué ponemos en su lugar? ¿Autómatas? ¿Tecnócratas?

Todo lo anterior, sin embargo, es el equivamente a un inoportuno hueso de aceituna rompiendo el solaz de una tertulia de mediodía. Habría pasado el enfado y las prisas por alto, si no fuera porque, a raíz de lo siguiente, creo haberme dado cuenta del origen de esta dinámica:
Y la tercera se debe organizar, pero para comenzar vamos a ponernos en marcha, que el movimiento se demuestra andando, si lo único que nos queda de la democracia es el derecho al voto, utilicémoslo con inteligencia. No para cambiar las cosas, sino para cambiar el sistema, es decir, la realidad en que vivimos.

Es bonita la vocación de alcalde, pregonero, pancartista y bombero-torero, aunque reconozco que es una titulación difícil. Yo no tengo nada en contra de los que se meten por esas veredas, pero me da pena verlos caer uno tras otro en las mismas piedras.

Tiene sentido, desde un punto de vista escrictamente perezoso-mesiánico-economicista, pensar que hay una relación efectiva entre el "orgullo herido de español" y la obligación de organizarse para usar el voto con inteligencia, pero no se justifica en los hechos (indiscutibles, por otra parte), de que todo español de bien está jarto de los políticos y quiere un sistema político más justo. Más bien, nace de la "consigna" de que el derecho al voto es el "último bastión" y el "don más preciado". En ese punto, curiosamente, confluyen los intereses del político y del aprendiz de alcalde, pregonero, pancartista y bombero-torero, pues ambos experimentan con el voto la misma atracción lujuriosa que Don Juan Tenorio con los de su Doña Inés. Esa codicia por disponer del voto ajeno, tan propia de la partitocracia, es sólo comparable en intensidad con la indiferencia y el vacío al que deja paso el echo electoral: si no merecías un gobierno mentiroso, se lo cuentas a quien le interese, majete.

El voto, efectivamente, es un potencial de acción muy poderoso en manos del ciudadano. De hecho, articulado y procesado a través del complejo mecanismo electoral, es el origen de legitimidad de todo el sistema representativo, pero no es menos poderoso que cualquier otra primitiva inherente al ciudadano. En democracia, el sufragio no vale más que cualquier capacidad que emane de la irrebatable soberanía, que se puede canalizar en forma de dedicación, sacrificio, madurez, compromiso o civismo. Reconocer que sólo nos queda el voto es como decir que todo lo anterior está perdido o que no tiene valor.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí. La línea argumental de mi colega se resume en proponer un acuerdo sobre lo que somos los españoles, lo que queremos y cómo lo hacemos. Esencialmente, plantea que debemos mandar a la mierda a los políticos y para eso debemos organizarnos para votar porque es lo único que podemos hacer. Todo ello parece contradictorio porque, primero, toda opción electoral, instrumentalizada, beneficia a un político o un aspirante a tal y, segundo, nos metemos en un pantano si pensamos en cómo vamos a organizarnos, si damos por hecho que sólo nos queda la opción de votar. Eso de que "el camino se demuestra andando" es una perogrullada detrás de la que puede esconderse tanto una banalidad como una intención aviesa; casi mejor la ignoramos.

Dicho sea sin la menor acritud y con todo el cariño del mundo, veo en este ejercicio una manifestación de los "pecados capitales" que estamos cometiendo los ciudadanos y que son, en mi opinión, la raíz venenosa de tanta frustración y virulencia, en las ondas y en las calles.

Hay una componente política en la crisis que estamos viviendo y, por política, tiene por actores a la clase dirigente y a la clase dirigida. Es natural que la clase dirigida cargue sus tintas contra quien debiera dirigirla hacia buen puerto, pero es inútil mientras esa misma clase se comporte como un niño de teta respecto a sus libertades y deberes. Caer en la desgana, la instrumentalización, el ansia, la codicia, la soberbia y el enojo es el mejor método para perder el tiempo y hacérselo perder a los demás. Es el camino seguro a ninguna parte que siempre es el ejercicio del cotilleo y la palabrería en este solar patrio. Si estamos dispuestos a echar un ratillo en hacer el bien y traer la justicia a este perro país, tomémosnos en serio a nosotros mismos y lo que estamos haciendo.

Votar o no votar es una cuestión crucial en estos momentos, pero no es LA cuestión. Al menos para mí.
Desde mi punto de vista, todos los derechos y deberes de los españoles nacen y mueren cada día y somos nosotros quienes debemos darles vida. Nadie va a venir a resolver nuestros problemas, ni a tenernos en cuenta, mientras nos conduzcamos sin espíritu ciudadano.

L
uchemos cada día por ser más coherentes, no por ser más poderosos.

Solidaridad por principio. Reflexiones previas

A unas horas del I Congreso sobre Política y Solidaridad, aquí en Sevilla, voy a dedicar un ratillo a ordenar mis pensamientos antes de la cita para sacarle el máximo partido. He perdido el nervio bloguero y me duelen un poco los dedos al aporrear el teclado, por eso cuidaré de decir cosas valiosas y de guardar silencio en aquellos temas del congreso en los que mi voz y mi experiencia tengan poco que decir.

En primer lugar, me alegro de que un partido político (SAiN) venga a dar respuesta a mi iniciativa de plantear un debate en profundidad sobre la crisis. Entiendo que su propuesta es más coherente y factible que lo que yo pretendía hacer, ya que ellos quieren analizar la crisis poniendo el foco en los más desfavorecidos y quienes trabajan con ellos, mientras que yo, felizmente, aspiaraba a sensibilizar a esa porción entumecida de la sociedad, sin medios ni argumentos para ello. No sé si SAiN es un partido que aspira a gobernar o simplemente a seguir siendo una opción minoritaria, pero sí que veo en la organización de este congreso voluntad de fomentar espacios de encuentro entre el mundo político y el mundo asistencial - solidario, lo que me parece un gesto digno de elogio. Con independencia del signo ideológico que les inspire, me interesa mucho lo que se vaya a decir en este Congreso.
Entrando al trapo de la temática, me gusta la polémica que suscita el tríptico desde el subtítulo (Hambre, paro, esclavitud infantil y aborto son crímenes políticos. Deben desaparecer) hasta la denominación de las mesas de trabajo. A veces, el único modo de poner en marcha este tipo de iniciativas es "A Dios rogando y con el mazo dando", porque, en estos momentos, resulta imposible animar al personal con sofisticaciones y tibiezas. No obstante, me gustaría entender el lema del congreso (Por una política que tenga la solidaridad por principio) en la línea del objetivo específico del evento, que los convocantes formulan así:

Reunir a numerosas personas, grupos y asociaciones con el objetivo de hacer avanzar el principio de la solidaridad con los empobrecidos y los débiles en el campo de la política.
Si resulta difícil clasificar a las personas en el espacio de las opiniones e ideologías políticas, más difícil resulta sintetizar a las diferentes formas de gobierno, a poco que nos movemos de las coordenadas mentales que marcaron en su día los griegos. Sin embargo, tenemos que hacer un esfuerzo por avanzar en esta descripción, ya que palabras tan presentes como "solidaridad" no tenían equivalencia en la mentalidad de su tiempo. De algún modo, cada modelo político es contingente al lenguaje que lo define y, por extensión, a la cultura y la idiosincrasia de la época en que dicho lenguaje tiene vigencia. Por eso mismo, tampoco tiene mucho sentido apelar a los términos de la revolución francesa, ni tampoco al materialismo histórico. Sólo en la medida en que perviven las injusticias que alimentaron la rebelión contra los privilegios de clase, la explotación y la marginación social y política de una parte de la sociedad, tiene sentido apelar a términos que, de otro modo, sólo podrían sostenerse con muletas, en ciernes, como estamos, de un cambio de paradigma en el plano económico, político y filosófico. Así pues, debemos hablar de una solidaridad más allá de la fórmula igualdad + fraternidad si queremos hablar de soluciones y planes de futuro y evitar la melancolía y el idealismo.

No estoy yo para discutir si la crisis ha sido un mazazo a la oligarquía de partidos, el capitalismo desaforado o la dogmática progresista. Creo que, a raíz de la crisis, todas nuestras viejas ideas se irán pudriendo para formar una especie de compost que sirva de cobijo para la semilla del mundo nuevo, que, ahora mismo, sólo podemos imaginarnos. En muchos sentidos, estoy convencido de que pasaremos por una etapa de paganismo y profunda ignorancia; de barbarie. Este contexto que se va perfilando en el horizonte será, posiblemente, una ocasión que no desaprovecharán las viejas lobas para volver a hincar el diente al alma humana, por eso, debemos hacer un esfuerzo grande por avivar el seso y no bajar la guardia.

Prevenido contra una solidaridad incompatible con la libertad, una solidaridad rancia, achacosa y dogmática, espero ver en el primer congreso "Política y solidaridad" una muestra real de esa solidaridad que forma parte del engranaje de la solución de este gran reto que es la crisis. Estoy de acuerdo con la gente de SAiN en que la crisis abre espacio para nuevas iniciativas y puntos de encuentro y que las fuerzas políticas son las que reunen el liderazgo y poseen el poder de convocatoria necesario para poner en marcha a la sociedad. Ojalá vea, también, destellos de la Era de la Emancipación en la voz de los ponentes y que sepan hablar para construir y aparcar sus complejos, manías y fijaciones personales para dar la oportunidad a todo el mundo a sentirse parte de esa gran labor - intachable, por supuesto - de atención y apoyo de los más desfavorecidos que, son, sin duda, los primeros damnificados de esta crisis, pero también semilla de esperanza.

Ésta es la democracia que queremos

En verano del año pasado, algunos compañeros dedicamos un cálido día del verano sevillano a hablar de democracia. Fue para mí un auténtico placer hacer de anfitrión de estas gentes que vinieron a conocer mi tierra y a conocerme y he de decir que, conforme pasan los días (hoy 4 de Agosto se cumple el primer aniversario), se hacen el recuerdo cada vez más dulce y las ganas de repetirlo más intensas. Podríamos decir que la idea de nuestra cita fue, en principio, hacer un encuentro blogger, pero después creció para convertirse en un auténtico encuentro ciudadano. En este encuentro ciudadano, anécdotas y apuntes estratégicos aparte, llegamos entre los seis a un acuerdo de las características irrenunciables que, para nosotros, tiene la democracia. Esta lista que pongo a continuación la he repetido muchas veces en la red, pero no quiero renunciar a ella, porque no quiero olvidar aquél día memorable, ni las palabras y sentimientos compartidos, y porque lógicamente esta lista merece ser compartida con todos los que se consideran demócratas.

Siento decir que la lista no es original, porque perdí gran parte de la documentación cuando "tumbaron" el portal de la ALCD en Noviembre del año pasado. Lo que presento aquí es lo que con esfuerzo soy capaz de recordar. Como no quiero manipular estas palabras, mezclando lo real con lo figurado, sólo diré que ésta es la democracia que imaginamos juntos aquel 4 de Agosto tal y como yo la he preservado, y que si alguno de los entonces presentes quiere añadir o remedar alguna de estas palabras, tiene toda la libertad para hacerlo.

Que lo disfruten.

  1. En democracia, existe plena garantía de las libertades civiles y cada ciudadano conoce y exige sus derechos en el cumplimiento de sus obligaciones.
  2. En democracia, todos los ciudadanos somos iguales ante la ley.
  3. En democracia, se promociona la solidaridad entre iguales y la misma ley y el ejercicio del poder están orientados al servicio de sus ciudadanos y a facilitarles la búsqueda de su felicidad.
  4. En democracia, los poderes del estado están separados y son independientes.
  5. En democracia, todo gobernante está obligado a decir la verdad y puede ser recusado y expulsado de su cargo si falta a su juramento por el mismo pueblo que le ha otorgado su poder.
  6. La democracia se sostiene en la existencia de una prensa libre y veraz.
  7. La democracia necesita una sociedad civil fuerte y desligada de los intereses de partido y exige a sus gobernantes que atiendan sus peticiones y escuchen por igual a críticos y adeptos.
  8. En democracia, el pueblo soberano tiene el derecho de expresar su opinión vinculante sobre cuantos temas tengan eco en la sociedad, a todos los niveles de gobierno.

Ser ciudadano


¿Qué es ser ciudadano? Hasta hace algunos años, pensaba inocentemente que todo el mundo "se sentía" ciudadano. No esperaba encontrarme con que el discurso dominante estaba impregnado de nihilismo, que la gente suele refugiarse en las tesis comunistas de que que la responsabilidad sobre los actos es relativa, que lo importante no es tener la libertad y el coraje, sino "el derecho"; en definitiva, que "eso del individuo" es una falacia y que vivimos unos tiempos de mierda por culpa de conspiraciones globales, neo/teo - cón, judeo - masónicas, eco - marxistas, etc.

Deben disculpar mi confusión: me había pasado toda mi vida viendo a mi padre irse al trabajo a las 7 de la mañana y volver a las 4 de la tarde, cuando Sevilla era una ciudad cutre, llena de mirones y exhibicionistas, cuando a los hoteles venían manadas de guiris con ganas de desabrocharse un rato la faja de puritanismo, cuando venían grupos de rusas a cambiar vodka y cigarrillos por medias, cuando rugían por la calle Torneo los mercedes de los amigos del Guerra, llegar del Aljarafe a Sevilla eran sólo 20 minutos de atasco y comprarse una VPO de 14 millones con una parcelita de césped era el sueño de todo currito. Soy un niño pijo de los Remedios, un pequeño - burgués que, acostumbrado a mirar el mundo a través de sus padres, pensaba que la honradez, la honestidad y la humildad eran la santa trinidad de toda la buena gente del mundo; que, del mismo modo que en la casa de mi abuelo colgaba junto a la puerta un azulejo rezando "que Dios bendiga las cuatro esquinas de esta casa" y en la mía nunca falto un sanpancracio con su perejil y una foto de fray Leopoldo, estaba seguro que los sueños de los miles de sevillanitos que ligaban entonces su destino al de la Expo'92 compartía ese imaginario y esos principios.

Tenía razón Ortega cuando fijaba la medida de una generación en 15 años. Para mí, desde luego, ha pasado toda una vida, pero al ver a mis padres también veo en sus ojos que la vida ha cambiado para ellos. Nunca supe por qué mi padre me previno tanto contra los políticos, por qué se lamentaba tan amargamente de haber votado en el 82 a González, por qué, conforme pasaban los años, cada vez me repetía más la frase "yo no corrí delante de los grises para esto". No lo supe hasta el día en que me pasó lo mismo a mí.

Ser ciudadano no es una vía de expiación ni de santidad. Tampoco es una obligación, ni tan siquiera una condición significativa: el señor que va cruzando un paso de cebra montado en su moto, o el que cruza a pie una avenida de seis carriles por donde quiere, jugándose la vida, es tan ciudadano como el que se para con el semáforo en ámbar. La condición del ciudadano se parece a la del espectador: no se espera de ti más que aplaudas o guardes silencio, que pagues tu entrada y que vuelvas alguna vez. Si algún día, en el fútbol, se te ocurriera increparle al entrenador por sus memeces, o a los jugadores por su mezquindad, entonces se te tacharía de ser un "simple aficionado". El sentimiento es el mismo cuando un político dice que "nos dediquemos a disfrutar, que ya hay otros preocupándose", o cuando se cuestiona la voz de las urnas, menospreciando la capacidad crítica de la gente.

Se es ciudadano. El castellano para estas cosas es un idioma magnífico: uno "es" guapo, porque el atractivo se retiene, pero puede o no "estar" en forma, porque la experiencia demuestra que es difícil mantener el tipo. Lo que "se es" forma parte de la persona de un modo más estable que lo que "se está". "Ser ciudadano" es como "ser un López", como "ser madridista" o "ser de Plasencia": son adscripciones que heredamos, que recibimos a través de las costumbres y modulamos con nuestros gustos - claro que uno puede ser un bético rodeado de sevillistas y viceversa, pero creo que se entiende la idea-. Por otra parte, aquello en lo que "estamos" es el producto de decisiones propias, no necesariamente valientes, orgullosas o auténticas: podemos estar en algo porque la vida nos ha ofrecido un ramillete de malas posibilidades y nosotros decidimos quedarnos con una que, a la postre, resultó ser la peor alternativa. Uno puede "estar" quemado de su trabajo y saber positivamente que la vuelta atrás está jodida, que tiene una familia a la que alimentar y que no puede dedicarse a su edad a competir con niñatos recién salidos de la facultad ni con un mercado que le rechazaría sólo por su edad, uno puede "estar" preocupado por la epidemia de despidos y cierres, porque tiene que hacer trampa para que las cuentas le cuadren, porque el negocio no va bien o porque los niños parecen acogotados y no son capaces de levantarse de la tele o del puñetero ordenador. Uno puede "estar" cabreado con los demagogos que nos gobiernan en la ciudad, en la comunidad y en el país, cabreado consigo mismo por haberlo propiciado; por extensión, puede "estar" cabreado con los vecinos, con los viandantes, con los tertulianos de todos los programas, con los productores de las series de televisión, con el lobby gay, con los eco - estafadores, con la "ética del ventanilla" dominante y con los porreros que educan a sus niños; puede acabar asqueado de los ringorrangos, maricomplejines, meapilas, calzonados, casposos y demás mejunje con la que ha acabado formando la pringá de los desencantados... Uno puede dedicarse a bufar y dejar salir toda la tensión acumulada, que no por eso va a ser menos cierto que todo esto forma parte de nuestra vida, la que nosotros hemos ido construyendo.


"Ser" ciudadano de sangre o de cuna no significa nada. Los ingleses, que en esto de la democracia nos llevan algunos siglos de ventaja, enseñan a sus hijos en lo que significa "ser ciudadano" en las escuelas, pero yo no estoy convencido de que la voz del maestro o los libros con ilustraciones coloridas sean suficiente para cautivar el espíritu atolondrado de los niños y, todo sea dicho, tampoco sé si confiarse en manos de un sistema educativo garantiza el éxito en la empresa de cultivar el amor por la ciudadanía. Creo más bien que el secreto de la receta está en la persistencia de la memoria ciudadana por encima de los ríos de mediocridad que vomitan las empresas de comunicación. Particularmente, apunto a la perpetuación de los hitos de la sociedad civil y la proyección de sus referentes humanos - con su dimensión mundana también, porque nos viene bien saber que todos somos igual de miserables para no olvidar que somos igual de dignos.

Cuando se cumplen cuarenta años del Mayo del 68, ahora que vivimos en un mundo mejor para los (bolsillos) que se quejaban entonces, debemos preguntarnos, sobre todo los españoles, si hemos cuidado nuestra memoria. Desdeño a los políticos y periodistas que, no conformándose con el monopolio de la historia, untan su espátula con arrogancia en las profundidades de la intrahistoria con el sólo afán de hacer demagogia. Es más: reivindico como ciudadano la propiedad de mi memoria y lo hago desde la seguridad de quien siente en su mano el peso de la antorcha que sus padres le han dejado en herencia. No reniego de los fracasos de mis antecesores. Todo lo contrario: los asumo como parte de lo que "soy", y "estoy" persuadido de que mi vida es un nuevo trazo que continua, a mi manera, la trayectoria que me precede.

En este país no pueden pasar dos generaciones sin producirse una revolución, por eso España crece como los dientes de una sierra: llega a su cenit y, de repente, aparece una generación que quiere reinventarlo todo, necesita deshacer todo lo conseguido para arreglar los problemas heredados; problemas que, probablemente, residen más en su imaginación que en la realidad. Esta característica nuestra no sería más que una estampa típica o una traza en nuestra semblanza histórica si no fuera porque las revoluciones siempre han venido de los mismos y siempre nos han arrastrado a los mismos: desde los tiempos de Godoy hasta nuestros días, no ha habido un sólo problema en España que no pueda explicarse por la sencilla fórmula de "los políticos se creen los amos del mundo y los demás somos todos gilipollas por dejarles".

Está claro que vivimos tiempos de cambio: el reloj marca el final de una época, pero todavía no se vislumbra qué es lo que viene después. Se suceden falsos profetas y sofistas, todo parece ir muy deprisa y, al mismo tiempo, hacerse insufriblemente lento; nuestras fuerzas parecen desvanecerse ante el peso del día a día. Cunden el miedo y el desánimo. Muchas cosas se vienen abajo, y parece que nadie consigue crear, en medio de la tempestad, algo que perdure. En mitad de todo esto, ¿qué es "ser ciudadano?

En un tiempo en que todas las estructuras parecen reblandecerse, en el que los valores y las costumbres pierden la inercia que los sostiene, en el que larguísimas sombras oscurecen todo lo que conocemos y ocultan todo lo que está por venir, ser ciudadano deja de ser una condición pasiva: el ciudadano es la argamasa que da cohesión al orden viejo y, por lo tanto, también será la argamasa del nuevo. El motivo es bien sencillo: no existe poder sin concesión, no existe orden sin poder y no existe sociedad sin orden. Como lo que se está viniendo abajo es el orden dominante, observamos cómo cambia nuestra percepción del poder, cómo se perfilan los participantes de la contienda por el nuevo orden, cómo se van sumando circunstancias a la trama, pero sin cambiar las reglas del juego, porque estas reglas se desprenden de las leyes de conservación que dan sentido a la vida.

Analicemos la tendencia: hace mil años, el poder venía del Altísimo, hace quinientos, el Rey era el poder, hace doscientos, todo el poder estaba en un puñado de manos. Hoy en día, el puñado se ha abierto; Mañana, ¿qué pasará con el poder? ¿A quién le corresponde desprenderse para seguir dando el poder a otros?

En la época que se avecina quizás ser ciudadano no será tan sencillo como haber nacido en un determinado lugar y disfrutar las ventajas de que nuestro poder sea administrado por manos ajenas: quizás haya que "estar" preparado para "ser" ciudadano. No tengamos miedo. Todo lo contrario: afrontémoslo con ilusión. Todo lo que ha venido antes que nosotros ha fracasado, pero en cada nuevo reparto la vida se ha hecho más justa y agradable. Visto así, ojalá llegue el día en que seamos dueños de nuestra memoria, nuestra dignidad y nuestro destino.

Respuesta a Diego Martín, de estrelladigital.es, por su artículo "Ilusiones perdidas".

Tocando tierra...



Un joven anónimo vuelve a casa después de un día agotador.

La aguja del depósito se acerca peligrosamente a la marca colorada, pero todavía no se ha encendido el piloto. Enfurecido, acelera el coche y sube la marcha; llega a cuarta por una carretera atestada de autobuses, ciclistas despistados y gente de vuelta del Ikea, bombeando estrés por la carótida. El semáforo se cierra ante sus narices y tiene que frenar el coche de un golpe. De repente, ocurre el milagro: la aguja se mueve hacia arriba, como si un galón de gasolina acabara de materializarse en el depósito casi vacío. Le recorre el cuerpo una sensación de alivio. El engaño ha tenido el efecto deseado; por un momento, llega a enajenarse de la realidad y acompaña con los dedos sobre el volante una canción machacona de la radio.

El semáforo se pone en verde, aprieta el acelerador y hace crujir la vieja caja de cambio. Desde fuera, un transeúnte ve cómo el coche responde con un lastimoso empuje y deja escapar un tosido por el tubo de escape, envuelto en virutas de humo gris venenoso. Otra vez la dichosa aguja se está precipitando al vacío. La angustia aparece de nuevo; no teme porque el coche se quede sin gasolina: teme porque, al llegar al siguiente semáforo, no tenga suficiente para su dosis de autoengaño.

Avanza a trompicones, increpando al señor que arrastra su coche a un ritmo senil delante suya. El muy cretino se ha dejado puestas las luces de emergencia y éstas le provocan descaradamente. Está atrapado en una marea de coches agitados, aporreando el claxon para apremiar al resto, como si fuera un chaman agitando los huesos para traer la lluvia. Las calles no son arterias: las calles son venas: llevan de vuelta los coches a sus hogares, cargados de veneno, moviéndose pesadamente por avenidas llenas de polvo y obras interminables, como heridas mal curadas de un cuerpo enfermo.

Una luz roja le devuelve a la realidad: es el piloto del depósito. Todavía está a tres manzanas de su casa, pero el coche aguantará. En su mente se mezclan ideas absurdas sobre conducción económica que cree haber leído alguna vez, quizás cuando se sacaba el carné. No sabe hasta qué punto recuerda las patochadas del manual o son invenciones propias, reflejo de una necesidad imperiosa de aparcar el coche y de que, al llegar la mañana siguiente, tenga al menos 10 euros y la gasolina suficiente para llegar al surtidor.

"Quedan unos días para cobrar. ¿De dónde voy a sacar el dinero?", se pregunta. Piensa: "Igual podrías coger el autobús, o ir a patas", pero enseguida descarta la idea y masculla. El cerebro se ríe a nuestra costa.

Qué difícil es desprenderse de las comodidades.

El trayecto se va terminando. Hace las últimas calles más tranquilo, observado por la luz roja del piloto. Casi no le importa: ha conseguido el propósito de llegar a casa un día más. Mañana será otra historia.

Carpe diem, siglo XXI. Suena como un poema de Quevedo.

Tocando tierra, caído con todas las promesas falsas, toda la arrogancia suspendida en engaños. Caído al suelo de rodillas, abandonado por todos.

Todos los que vamos con él lo vemos. Unos lo ven mal y otros lo ven peor. Lo que no vemos es que también nosotros estamos postrados ante la realidad. Quizás hoy nos sirva la excusa de la gasolina. Pero ¿cuánto tiempo más?

No se puede decir mucho más. La vida es muy dura y no se puede vivir eternamente del cuento. La culpa, desde luego, no es de los cuentistas, sino de quienes les dimos pábilo.

Si me hubieran los miedos sucedido
como me sucedieron los deseos,
los que son llantos hoy fueran trofeos:
¡mirad el ciego error en que he vivido!

Con mis aumentos proprios me he perdido;
las ganancias me fueron devaneos;
consulté a la Fortuna mis empleos,
y en ellos adquirí pena y gemido.

Perdí, con el desprecio y la pobreza,
paz y el ocio; el sueño, amedrentado,
fue en esclavitud de la riqueza.

Quedé en poder del oro y del cuidado,
sin ver cuán liberal Naturaleza
da lo que basta al seso no turbado.

Apología de la No Violencia


El primer principio de la acción no violenta consiste en no cooperar con cualquier cosa que sea humillante.

Los responsables de nuestra sujeción no son tanto los fusiles británicos como nuestra colaboración voluntaria.

Una revolución no violenta no es un programa para la toma del poder. Es un programa para la transformación de las relaciones, de modo tal que se desemboca en una transferencia pacífica del poder.

Los hombres se encuentran ante una encrucijada: tienen que elegir entre la ley de la jungla y la ley de la humanidad.


La no violencia es la fuerza más grande que la humanidad tiene a su alcance. Es más poderosa que el arma más destructiva inventada por el hombre. La destrucción no corresponde en nada a la ley de los hombres. Vivir libre es estar dispuesto a morir, si es preciso, a manos del prójimo, pero nunca a darle la muerte. Sea cual fuere el motivo, todo homicidio y todo atentado contra la persona es un crimen contra la humanidad.

Sé que el progreso de la no violencia es aparentemente un progreso muy lento. Pero la experiencia me ha enseñado que es el camino más acertado para una meta común.

Es injusto todo orden económico que ignore o que desprecie los valores morales. El hecho de extender la ley de la no violencia al terreno de la economía significa nada menos que considerar los valores morales en la fijación de las reglas del comercio internacional.

Adoptar el principio de la no violencia obliga a separarse de toda forma de explotación.


No hay ninguna valentía mayor que la de negarse hasta el fin a doblar la rodilla ante un poder terrenal, sea cual fuere su grandeza, haciéndolo sin agresividad alguna, con la fe cierta en que es el espíritu - y sólo él - lo que vive.

...La humanidad no puede librarse de la violencia más que por medio de la no violencia. Sólo el amor es capaz de vencer al odio. Responder al odio con el odio equivale a agravar más todavía sus efectos.

Diariamente pagamos un precio muy elevado por el error inconsciente que hemos cometido al confundir la resistencia pasiva con la no violencia.

La no violencia es la ley de nuestra especie, por la misma razón que la violencia es la ley de los brutos. En el hombre brutal todavía no se ha despertado el espíritu: no conoce más ley que la fuerza física. La dignidad humana exige que el hombre se refiera a una ley superior que haga vibrar la fuerza del espíritu.

No se puede ser genuinamente no violento y permanecer pasivo ante las injusticias sociales.



¡Viva la Democracia!
¡Viva la Libertad!
¡Viva la No Violencia!

El por qué de la crispación

Lo dice Platón en La República, a propósito del tirano:

Sócrates: - Veamos ahora cuál es la felicidad de este hombre y la del estado que le sufre.
(...)
- Por lo pronto, en los primeros días de su dominación, ¿no sonríe graciosamente a todos los que encuentra, y no llega hasta decir que ni remotamente piensa en ser tirano? ¿No hace las más pomposas promesas en público y en particular, librando a todos de sus deudas, repartiendo las tierras entre el pueblo y sus favoritos y tratando a todo el mundo con una dulzura y una terneza de padre?

Adimanto: - Es natural que empiece de esta manera.

- Cuando se ve libre de sus enemigos exteriores, en parte por transacciones, en parte por victorias, y se encuentra seguro por este lado, tiene cuidado de mantener siempre en pie algunas semillas de guerra, para que el pueblo sienta la necesidad de un jefe.
- Así debe ser.
- Y sobre todo, para que los ciudadanos, empobrecidos por los impuestos que exige la guerra, sólo piensen en sus diarias necesidades, y no se hallen en estado de conspirar contra él.
- Sin contradicción.
- Y también hace esto para deshacerse de los de corazón demasiado altivo para someterse a su voluntad, exponiéndolos a los ataques del enemigo. Por todos estas razones es preciso que un tirano tenga entre manos algún proyecto de guerra.
- Sin duda.
Aquí lo tenemos, dicho con total claridad. Pero la reflexión sigue, porque, obviamente, sobre las acciones del ambicioso gobernante también domina la causa y el efecto.
- Pero semejante conducta no puede menos que hacerle odioso a sus súbditos.
- (...)
- Y algunos de los que contribuyeron a su elevación, y que son los que, después de él, tienen mayor autoridad, ¿no hablarán entre sí con mucha libertad de lo que pasa, y los más atrevidos no irán hasta quejarse a él mismo?

- Parece que sí.
- Es preciso que el tirano se deshaga de ellos, si quiere reinar en paz; y que sin distinguir amigos de enemigos, haga que desaparezcan todos los hombres de algún mérito.
- Es evidente.
- Debe ser muy perspicaz para distinguir los que tienen valor, grandeza de alma, prudencia y riquezas; y es tal su fortuna, que se ve obligado, quiera o no quiera, a hacer a todos la guerra, y tenderles lazos sin tregua hasta que haya purgado de ellos al estado.
Como consecuencia de esto, aparece la guardia:
- ¿No es claro, que cuanto más odioso se haga a sus conciudadanos a causa de sus crueldades, tanta más necesidad tendrá de una fiel y numerosa guardia?

- Sin duda.
(...)

- Estos nuevos ciudadanos le admiran y viven con él en la más íntima familiaridad, mientras que los hombres de bien le aborrecen y huyen de él.
(...)
- (Pero) veamos cómo podrá proveer al sostenimiento de su preciosa y numerosa guardia, renovada a cada momento.
- Es evidente que comenzará por despojar los templos, y mientras dure la venta de las cosas sagradas y le produzca lo suficiente, no impondrá al pueblo grandes contribuciones.
¿Y qué pasa cuando la "masa silente" abre los ojos?

- Entonces vivirán con los bienes de su padre, él, los suyos, sus convidados, sus favoritos y sus queridas.
- Entiendo; es decir, que el pueblo, que ha engendrado al tirano, le alimentará a él y a los suyos.
- Así tendrá que suceder.
- Pero si el pueblo se cansase al fin y le dijese que no es justo que un hijo ya grande y fuerte sea una carga para su padre; que, por el contrario, a él le toca procurar el mantenimiento a su padre; que al formarle y educarle, no ha sido su ánimo que se convirtiera en dueño de cuanto fuera grande, ni ser el pueblo esclavo de sus esclavos, ni alimentarle a él y a esa muchedumbre de extranjeros que le rodean; que lo que se propuso fue solamente libertarse por su medio del yugo de los ricos y de los que se llaman en sociedad hombres de bien; ¿no deberá en este concepto mandarle a que se retire con sus amigos, con la misma autoridad que un padre arroja de casa a su hoja con sus compañeros de libertinaje?
- Entonces, ¡por Zeus!, el pueblo verá qué hijo ha engendrado, acariciado y encumbrado, y que los que intenta arrojar son más fuertes que él.


PD: No dejen de visitar los vídeos del post!
> Entrevista a Hermann Tersch en Periodista Digital.
> Respuesta de Zapatero a una pregunta ciudadana sobre crispación.
> Respuesta de Rajoy a una pregunta ciudadana sobre crispación.

Puede hacerse... por un hijo

Esta historia es de un padre Australiano que realizaba el Ironman de Australia, y su mayor ilusión era competir a lado de su hijo. Su pequeño nació con parálisis cerebral. El Australiano nunca vio la situación de su hijo como obstáculo y entrenó muy fuerte - junto con su hijo - durante varios años, hasta que llegó la hora. El Australiano, de aproximadamente 60 años, se inscribió a su hijo en el Ironman de Australia.

Ésta es una prueba para gente grande.... realmente gente con mentalidad ganadora, ejemplar y con convicciones realmente fuertes. Terminar un Ironman es algo fuera de este mundo. Para darles una idea: La prueba está compuesta por tres partes, comenzando casi siempre al amanecer:
primera prueba.- Nadar en el mar, o lago un tramo de 4 Km. (con el frío de la mañana).
segunda prueba.- Salir de nadar y tomar la bicicleta de ruta y recorrer un trayecto de 180 Km. ininterrumpido, con subidas y bajadas muy pesadas.
tercera prueba.- Terminando la ruta de bicicleta, se termina la prueba con un maratón de 42.5 Km., lo cual es una prueba extremadamente agotadora, tanto física como mental.

Los campeones del mundo lo hacen en 8 horas 15 minutos aproximadamente. El Australiano de la historia lo terminó en casi 17 horas. Durante la prueba, autopistas, circuitos, etc. son cerrados para el tránsito el menor tiempo posible, para no alterar el ritmo cotidiano, pero en este caso, al ver la prueba y quien la estaba ejecutando, la dejaron cerrada hasta que la terminaran por completo, hasta que se hizo de noche. Lo más bonito y sorprendente de esta historia es que logró terminarlo con su hijo.

Éste es el mensaje del último correo que recibí y con el que quiero empezar esta nueva singladura de "un grano de mostaza". Una historia de lo que puede hacerse por amor.

Espero que lo disfrutéis.