Actos contra la esclavitud infantil


16 de Abril Día Mundial contra la Esclavitud Infantil

En pleno siglo XXI asistimos a una de las situaciones más vergonzosas de nuestro tiempo: la ESCLAVITUD INFANTIL. Guerras, prostitución, explotación laboral, hambre, malos tratos….es el panorama de más de 400 millones de niños en el mundo cada día.

Los niños representan más del 10% del potencial de mano de obra estimado en más de 3.000 millones de personas. Los niños esclavos aportan, según las estimaciones más bajas, unos 13.000 millones de euros anuales al PIB mundial. En España, 2 millones de niños viven por debajo del umbral de la pobreza, de los cuales entre 500.000 y 1.000.000 se ven obligados a trabajar, abandonando el juego y la escuela, aunque nadie se ha preocupado de realizar y actualizar algún estudio serio sobre el tema.

Afirmamos, por tanto, que la esclavitud infantil es el mayor problema laboral y, por tanto, sindical en el mundo. Sin embargo, el sindicalismo internacional y los partidos políticos, incluidos los españoles, apenas se preocupan de tal cuestión. Para ellos la esclavitud infantil NO existe. La esclavitud infantil es un holocausto de dimensiones planetarias que va en aumento. Estamos profundamente implicados en ello. La política española, dentro de la de la Unión Europea, nos ha situado en el bando de los beneficiados. Los organismos internacionales coinciden en admitir que aumenta la esclavitud infantil, en número y en gravedad de las condiciones de explotación.

La esclavitud infantil se ha convertido en un instrumento de la guerra comercial internacional. Los niños y adolescentes forman el grupo laboral más vulnerable y desprotegido. Poderosas empresas multinacionales conocidas en todo el mundo- con producciones que van desde los automóviles y ropa de gran consumo hasta refrescos y zapatillas deportivas- utilizan a niños y niñas, mediante subcontrataciones en los países empobrecidos, para abaratar una mercancía que se vende en otros lugares y que esos menores nunca podrán disfrutar.

La abolición total de la esclavitud infantil será posible si luchamos y exigimos a mientras sindicatos y partidos políticos que se comprometan, a riesgo de que los poderosos les excluyan de sus presupuestos, contra el paro y la precariedad laboral impuesta a los adultos, contra los salarios de hambre, los contratos temporales y el acceso a los servicios sociales básicos. No pueden olvidar que sus propios datos confirman que más de 1.500 millones de trabajadores viven en el paro y la precariedad, con ingresos que no superan los dos dólares diarios por familia.

Una idea sobre nuestro sistema político - II

El otro día expuse en un artículo larguísimo cuál era mi opinión sobre los problemas del actual sistema político español. Traté de clasificar estos problemas en cuatro categorías: aquellos problemas con los que tenemos que aguantarnos porque su cambio no depende de nosotros, aquellos que son inabordables para la ciudadanía española, aquellos que resultan decepcionantes por la impotencia para poder arreglarlos y aquellos donde se está abriendo el frente de reivindicación de los nuevos movimientos políticos: la reforma de la ley electoral y la legalidad de las maniobras partidistas en torno a los estatutos y la ley de partidos.

En esta segunda parte, antes que analizar las iniciativas en marcha, quiero hacer una parada en el camino y recordar el Discurso del Método de Descartes, para considerar las precauciones que el genial francés tomó antes de enunciar su inmortal discurso y ver en qué pueden serme útiles en mi propósito. Una vez hecho esto, el artículo queda abierto para tratar las iniciativas que conocemos y me gustaría que aquellos que quisieran incluyeran su propia experiencia y opinión al respecto.

Cuando todavía está delineando el marco de su ensayo, Descartes expone el método que va a emplear para conducir su razonamiento. En la segunda parte del Discurso, dice así:

"... Llegué a persuadirme de que no es verdaderamente probable que un particular se proponga reformar un Estado cambiándolo desde los fundamentos, y derrocarlo para reconstruirlo; ni tampoco reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las escuelas para enseñarlas; pero que, respecto a las opiniones a las que hasta entonces había dado crédito, yo no podía hacer nada mejor que emprender de una vez la tarea de retirarles ese crédito, a fin de darlo después a otras mejoras, o a las mismas, cuando las hubiese ajustado al nivel de la razón."
De partida, debemos admitir nuestro limitado papel en el transcurso de la historia, siempre que queramos comportarnos como ciudadanos libres e independientes. Aquel que pretende imponer su proyecto sobre un Estado es, en el fondo, un tirano. Para conseguir la democracia, ¿tendremos que pasar por una tiranía?

Hay más: ¿A qué precio se consigue el poder para reformar un Estado a nuestro antojo? No hablamos sólo de oro, sino de sangre; todo siempre en el ámbito de lo puramente especulativo, porque, no nos engañemos, ningún españolito de a pie es capaz, por más poderoso que sea el veneno de sus argumentos, de convencer ni a su quiosquero cuando de política se trata.

Descartemos esta idea, pero abracemos esta otra con fuerza: no podemos hacer nada mejor que juzgar lo que tenemos a nuestro alrededor, y esforzarnos por retirarle el crédito que no se merece. Es decir: esforzarnos en llamar a las cosas por su nombre.
"Los grandes cuerpos políticos de los Estados son muy difíciles de levantar, una vez abatidos, e incluso de sostener, si es que se bambolean, y sus caídas han de ser necesariamente muy duras. Además, por lo que se hace a sus imperfecciones, si es que las tienen, y su misma diversidad nos asegura ya que algunos en efecto las tienen, la costumbre, sin duda, las ha endulzado mucho, e incluso ha evitado algunas o ha corregido insensiblemente no pocas que la prudencia no habría podido remediar igual de bien. (...)

Por todo esto, no puedo aplaudir de ninguna manera a esos hombres de confuso e inquieto carácter que, sin ser llamados por su nacimiento ni por su fortuna a la administración de las cosas públicas, no dejan de hacer siempre de éstas, en idea, alguna nueva reforma. "
Podríamos pensar que Descartes es un reaccionario por estas palabras, pero no hay más que leer su obra para comprender hasta qué punto sus planteamientos son un chorro de libertad. Era un hombre extremadamente sensato y con una lucidez envidiable, que, muy seguramente, prefería curarse de la censura y de los ánimos exaltados antes de correr la suerte de otros de su tiempo. Descartes no critica el genio de Montesquieu, sino la mediocridad de Godoy, y dice algo de una elocuencia innegable: las crisis hacen daño y el tiempo todo lo pule.

En nuestra situación, nos encontramos con que la costumbre no es capaz de maquillar las imperfecciones del Estado, quizás porque éste está en manos de esa gente de carácter confuso e inquieto que por méritos o capacidad no deberían dedicarse a la administración de las cosas públicas. Este Estado nuestro se agita como un puente mal construido, porque la mediocridad de sus rectores les obliga a hacer reformas donde no son necesarias para justificarse, porque su torpeza hace que el sostenimiento del Estado parezca caro e injustificado, porque a veces nos parece incluso que la casa se nos viene abajo, o que nos faltan paredes para protegernos de la injusticia. Podemos consolarnos pensando, como piensan 20 millones de españoles, que, después de todo, es el menos malo de los mundos conocidos, pero, aún con esto, esta realidad y sus artífices no se merecen nuestro aplauso.
"... Ya en el colegio había aprendido que no es posible imaginar nada tan extraño e increíble que no haya sido dicho por alguno de los filósofos, y habiendo reconocido después, en mis viajes, que todos los que tienen opiniones contrarias a las nuestra no son por eso bárbaros o salvajes, sino que muchos hacen tanto o más uso de la razón, y habiendo considerado como un mismo hombre, con su mismo espíritu, criado desde la infancia entre franceses o alemanes, se hace diferente de lo que sería si hubiera vivido siempre entre chinos o caníbales, y cómo, hasta en las modas de nuestros vestidos, lo que ha agradado hace diez años, y acaso nos agradará otra vez de aquí a diez años más, parece ahora extravagante y ridículo, de manera que lo que nos persuade es la costumbre y el ejemplo, más bien que un conocimiento cierto, y que, sin embargo, la multitud de votos no es una prueba que valga cuando se trata de verdades un poco difíciles de descubrir, porque es más verosímil que las haya encontrado un hombre solo que todo un pueblo, yo no podía escoger persona alguna cuyas opiniones me pareciesen preferibles a las de los otros, y me vi obligado a emprender yo mismo la tarea de guiarme."
Ciertamente, debemos asumir una posición humilde para empezar: ni nuestras ideas son únicas, ni nuestras circunstancias son excepcionales, ni debemos esperar que nuestras propuestas sirvan para la eternidad. Por lo tanto, más nos vale alejarnos de quien se arroga de una autoridad inmerecida para aleccionarnos, o se sube al púlpito para moralizar sobre nuestras bajezas, o quien nos quiere vender el remedio contra todos los males. En general, vamos a dejarnos de tonterías y de engañarnos a nosotros mismos, pensando que podemos ser aquello para lo que no hemos nacido. En particular, si nos revienta que alguien quiera suplantar nuestra conciencia, evitemos ser la conciencia del pueblo o los salvadores de la patria.
"Todo eso fue causa de que yo pensase que era preciso buscar algún otro método que, comprendiendo todas las ventajas de aquellos (...) estuviese libre de sus defectos. Y como la multitud de leyes proporciona muchas veces excusas a los vicios, de manera que un Estado está mucho mejor regido cuando tiene pocas de ellas, pero muy estrictamente observadas, así, en lugar del gran número de preceptos de que se compone la lógica, yo creí que tendría bastante con los cuatro siguientes (...)
  • Fue el primero no aceptar nunca como verdadera ninguna cosa que no conociese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que aquello que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda.
  • El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare en tantas partes como fuera posible y como requiriese su mejor solución.
  • El tercero, conducir por orden mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.
  • Y el último, hacer en todo enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que adquiriese la seguridad de no omitir nada."
Con esto ya está todo dicho. Lo siguiente es ver lo que tenemos a nuestro alrededor.

Tocando tierra...



Un joven anónimo vuelve a casa después de un día agotador.

La aguja del depósito se acerca peligrosamente a la marca colorada, pero todavía no se ha encendido el piloto. Enfurecido, acelera el coche y sube la marcha; llega a cuarta por una carretera atestada de autobuses, ciclistas despistados y gente de vuelta del Ikea, bombeando estrés por la carótida. El semáforo se cierra ante sus narices y tiene que frenar el coche de un golpe. De repente, ocurre el milagro: la aguja se mueve hacia arriba, como si un galón de gasolina acabara de materializarse en el depósito casi vacío. Le recorre el cuerpo una sensación de alivio. El engaño ha tenido el efecto deseado; por un momento, llega a enajenarse de la realidad y acompaña con los dedos sobre el volante una canción machacona de la radio.

El semáforo se pone en verde, aprieta el acelerador y hace crujir la vieja caja de cambio. Desde fuera, un transeúnte ve cómo el coche responde con un lastimoso empuje y deja escapar un tosido por el tubo de escape, envuelto en virutas de humo gris venenoso. Otra vez la dichosa aguja se está precipitando al vacío. La angustia aparece de nuevo; no teme porque el coche se quede sin gasolina: teme porque, al llegar al siguiente semáforo, no tenga suficiente para su dosis de autoengaño.

Avanza a trompicones, increpando al señor que arrastra su coche a un ritmo senil delante suya. El muy cretino se ha dejado puestas las luces de emergencia y éstas le provocan descaradamente. Está atrapado en una marea de coches agitados, aporreando el claxon para apremiar al resto, como si fuera un chaman agitando los huesos para traer la lluvia. Las calles no son arterias: las calles son venas: llevan de vuelta los coches a sus hogares, cargados de veneno, moviéndose pesadamente por avenidas llenas de polvo y obras interminables, como heridas mal curadas de un cuerpo enfermo.

Una luz roja le devuelve a la realidad: es el piloto del depósito. Todavía está a tres manzanas de su casa, pero el coche aguantará. En su mente se mezclan ideas absurdas sobre conducción económica que cree haber leído alguna vez, quizás cuando se sacaba el carné. No sabe hasta qué punto recuerda las patochadas del manual o son invenciones propias, reflejo de una necesidad imperiosa de aparcar el coche y de que, al llegar la mañana siguiente, tenga al menos 10 euros y la gasolina suficiente para llegar al surtidor.

"Quedan unos días para cobrar. ¿De dónde voy a sacar el dinero?", se pregunta. Piensa: "Igual podrías coger el autobús, o ir a patas", pero enseguida descarta la idea y masculla. El cerebro se ríe a nuestra costa.

Qué difícil es desprenderse de las comodidades.

El trayecto se va terminando. Hace las últimas calles más tranquilo, observado por la luz roja del piloto. Casi no le importa: ha conseguido el propósito de llegar a casa un día más. Mañana será otra historia.

Carpe diem, siglo XXI. Suena como un poema de Quevedo.

Tocando tierra, caído con todas las promesas falsas, toda la arrogancia suspendida en engaños. Caído al suelo de rodillas, abandonado por todos.

Todos los que vamos con él lo vemos. Unos lo ven mal y otros lo ven peor. Lo que no vemos es que también nosotros estamos postrados ante la realidad. Quizás hoy nos sirva la excusa de la gasolina. Pero ¿cuánto tiempo más?

No se puede decir mucho más. La vida es muy dura y no se puede vivir eternamente del cuento. La culpa, desde luego, no es de los cuentistas, sino de quienes les dimos pábilo.

Si me hubieran los miedos sucedido
como me sucedieron los deseos,
los que son llantos hoy fueran trofeos:
¡mirad el ciego error en que he vivido!

Con mis aumentos proprios me he perdido;
las ganancias me fueron devaneos;
consulté a la Fortuna mis empleos,
y en ellos adquirí pena y gemido.

Perdí, con el desprecio y la pobreza,
paz y el ocio; el sueño, amedrentado,
fue en esclavitud de la riqueza.

Quedé en poder del oro y del cuidado,
sin ver cuán liberal Naturaleza
da lo que basta al seso no turbado.

Sentada en la Pza. San Francisco

VOCES es una plataforma ciudadana surgida de un grupo de voluntarios con larga trayectoria en el acompañamiento a Personas Sin Hogar.

El sinhogarismo constituye una de las formas más extremas de exclusión social. Quienes duermen en la calle se enfrentan cotidianamente a la inseguridad frente a las agresiones y a un grave deterioro físico y psicológico. En la ciudad de Sevilla hay más de 300 Personas Sin Hogar. Periódicamente, la muerte de alguno de ellos, como la ocurrida en fechas recientes en la Plaza de la Encarnación, pone de relieve esta situación.

VOCES promueve la participación ciudadana para derribar prejuicios y denunciar una realidad ante la que no podemos permanecer indiferentes.
El pasado día 22 de Enero, VOCES entregó a la Delegada de Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de Sevilla un escrito en el que se solicitaba que no cerrara sus puertas el refugio para Personas Sin Hogar instalado provisionalmente en la Sala Guadalquivir, tal como se había previsto al final de la Campaña contra el Frío. En dicho documento, se proponía prorrogar este recurso mientras no abriese un albergue de baja exigencia que pudiera hacerse cargo de sus funciones de forma permanente. Esta petición fue acompañada por más de 200 firmas de ciudadanos, voluntarios de distintas ONGs e, incluso, de usuarios de la citada Sala, que quisieron dejar testimonio de su interés personal en la iniciativa. Definitivamente, el domingo 17 de Febrero, el dispositivo de la Sala Guadalquivir fue clausurado. Bienestar Social ha declarado su intención de abrir un centro de atención para los “sin techo” en un inmueble de propiedad municipal situado en el Paseo Juan Carlos I, junto al Puente de la Barqueta. Sin duda, esta actuación contribuirá a reducir de manera considerable el número de personas que se ven obligadas a dormir por las noches en las calles de Sevilla. No obstante, no se puede olvidar que este proyecto de refugio tardará aún varios meses en estar debidamente acondicionado. Hasta entonces, el colectivo Sin Hogar se verá privado del servicio que se les había venido proporcionando y decenas de ellos se verán obligados a pernoctar de nuevo a la intemperie. Para las Personas Sin Hogar todas las noches son de emergencia.

Por lo anterior, solicitamos:
1. La reapertura del refugio habilitado en la Sala Guadalquivir, prolongando su actividad hasta que no se ponga en marcha un albergue permanente de baja exigencia que cumpla el mismo objetivo.

2. Que dicho refugio sea dotado de más medios materiales y humanos para asegurar un servicio digno a sus usuarios. VOCES defiende que estas medidas son la mejor manera de saldar la deuda de la ciudad de Sevilla con las Personas Sin Hogar. No se trata solamente de un deber moral o humanitario, sino una exigencia legal: la Ley de Bases del Régimen Local de 1985 otorga a nuestr municipio competencias en servicios sociales.

VOCES considera legítimo reclamar de forma activa una respuesta de la Administración Local. Siempre desde la reflexión previa y sin abandonar nunca el más estricto civismo. Os invitamos a entrar en contacto con nosotros y, si lo estimáis oportuno, participar juntos en las actuaciones que hemos previsto para los días 2, 3 y 4 de Abril.

Agradeciendo vuestra atención, recibid un saludo cordial.

Antonio Lora
Presidente de voces contra la exclusión Sevilla.

Una lección por aprender

José Ortega y Gasset

PARA LOS NIÑOS ESPAÑOLES

El porvenir de España depende enteramente de vosotros los niños españoles. Y dentro de vosotros, niños españoles, depende enteramente de que aprendáis o no aprendáis una cosa. ¿Sabéis cuál? Esto que habéis de aprender y cultivar en vosotros exquisitamente, niños españoles, es lo que en mayor grado faltaba a nuestros padres y nuestros abuelos.

¿Sabéis qué es? ¡Ah!, una cosa que parece muy sencilla. Esta: distinguir entre personas.

No ignoráis que con el ejercicio y el adiestramiento consigue el hombre perfeccionar incalculablemente su capacidad de distinguir. El pintor llega a notar la diferencia entre colores que a los demás parecen iguales. El músico distingue las más leves divergencias entre los sonidos. Para el que es catador de vinos, como lo fue el padre de Sancho Panza, no hay dos vinos iguales.

La palabra “sabio” significó en un principio el que distingue de sabores.

Pues bien, la vida de una sociedad y más aún la de un pueblo depende de que sus individuos sepan bien distinguir entre los hombres y no confundan jamás al tonto con el inteligente, al bueno con el malo.

Mirad: a la hora en que escribo esto para vosotros hay en España, desgraciadamente, muy pocos hombres inteligentes y de corazón delicado. Solo esos hombres puros, espirituales, profundos y nobles podrían mejorar a la patria. Pero no logran que se les atienda. Porque los españoles que ahora forman nuestra sociedad no saben distinguir entre hombres y, acaso de buena fe, creen que son inteligentes los que son más necios, que son buenos los que son más farsantes. Ya sabéis que hay enfermos de la visión los cuales ven grises los objetos azules.

Una cosa parecida nos acontece hoy a los españoles: padecemos una perversión del juicio sobre personas. Se juzga inteligentes a esos vanos charladores que llaman “políticos”. Se cree que es buen poeta, buen novelista, buen profesor el que más lugares comunes dice, el que mejor halaga al público repitiendo las tonterías que este pensaba veinte años hace. Y en tanto los mejores, los que verdaderamente valen son poco conocidos, nadie les hace caso o, tal vez, se les combate en todas formas.

¿Veis cuán importante seria que vosotros llegaseis a la madurez con una exquisita sensibilidad para distinguir entre el valer verdadero y el falso?

A este fin yo os recomendaría, entre otras, cuatro reglas o criterios:

1 - No hagáis nunca caso de lo que la gente opina. La gente es toda una muchedumbre que os rodea en vuestra casa, en la escuela, en la Universidad, en la tertulia de amigos, en el Parlamento, en el circulo, en los periódicos.
Fijaos y advertiréis que esa gente no sabe nunca por qué dice lo que dice, no prueba sus opiniones, juzga por pasión, no por razón.

2 - Consecuencia de la anterior. No os dejéis jamás contagiar por la opinión ajena. Procurad convenceros, huid de contagios. El alma que piensa, siente y quiere por contagio es un alma vil, sin vigor propio.

3 - Decir de un hombre que tiene verdadero valor moral o intelectual es una misma cosa con decir que en su modo de sentir o de pensar se ha elevado sobre el sentir y el pensar vulgares. Por esto es más difícil de comprender y, además, lo que dice y hace choca con lo habitual. De antemano, pues, sabemos que lo más valioso tendrá que parecernos, al primer momento, extraño, difícil, insólito y hasta enojoso.

4 - En toda lucha de ideas o de sentimientos, cuando veáis que de una parte combaten muchos y de otra pocos, sospechad que la razón está en estos últimos. Noblemente prestad vuestro auxilio a los que son menos contra los que son más.

Editorial Hispano-Americana. Reus, 1928

Comentario personal: 1928 - 2008: son 80 años sin querer enterarnos... es como p'a darnos de comer aparte.