Un apunte sobre el valor del voto

Quería hacer un apunte personal sobre el voto, de cara a las próximas elecciones (que, para mí, serán dobles: nacionales y autonómicas).

Lo primero que quiero reclamar es la privacidad de mi voto frente a todos aquellos que, desde los medios corporativos o sus propios medios, atizan la conciencia ajena para comprar el voto o, al menos, arrancarnos el compromiso moral de no vendérselo al contrario. En general, me rebelo frente a todo aquel que se dedica en sus ratos libres a jugar al rasca y gana con nuestras intenciones a golpe de encuestilla, mensaje subliminal y apelaciones de índole ideológico - moral.

A veces tengo la impresión de que, debajo de todo este entramado político, se esconden los mismos miserables que ahogan el hecho religioso: dogmáticos, fariseos, proselitistas e iluminados. Frente a todos ellos, reivindico mi derecho a permanecer insumiso (más que indeciso) frente al cloqueo del poder y el abatanado mediático al que nos vemos sometidos. Para que quede todavía más claro: estoy en mi derecho de ejercer el voto si lo considero oportuno y, también, de no hacerlo si tengo mis razones, porque, señores, mi voto es privado y libre. Quien piense que votar es una obligación ciudadana, debería obrar, en coherencia, ayudando a las viejitas a llevar el carro de la compra por la calle y defendiendo al conciudadano que está siendo desvalijado a punta de navaja a su paso. Quien esté libre de pecado, que tire el primer comentario.

Digo todo esto porque, después de analizar la oleada de encuestas que han salido esta semana, me queda el resquemor de no saber cómo es posible que una encuesta sobre 4.009 personas sea representativa de la opinión de los... ¿cuántos, más de 30 millones de españoles llamados a las urnas? Conozco suficientemente la teoría de pequeñas muestras y la teoría de inferencia, pero me resisto a creer que 30 millones de españoles quepan en un sistema que asume que todos somos iguales, que nuestro comportamiento no va a verse significativamente alterado y que efectivamente somos sinceros a la hora de responder a las preguntas que se nos plantean. Pero hay más: como ciudadano, me rebelo ante cualquiera que se crea capaz de extraer de una muestra del 0'014% de la población total y a dos meses vista, el signo de voto de todo el país, y menos con el clima de inestabilidad política, social y económica que vivimos. Más bien, creo que se trata de una frivolidad que está justificada porque también los periodistas tienen que ganarse el pan, pero que no aporta información veraz, sino - y es lo que me fastidia del asunto - causar algún efecto en los lectores.

La encuesta que, en particular, más coraje me ha dado, no sólo comentaba la tendencia de voto, sino que incluía un análisis de las posibles "fugas de voto" de un partido a otro o a la abstención. Es decir, que a estas alturas, en un contexto en que las encuestas realizadas por unos y otros empiezan a converger en sus resultados, estamos ya hilando fino para saber a qué moscardones tienen que apuntar los cañones durante la campaña electoral. Yo me pregunto: "leches, si una encuesta sobre el 0'014% de la población tiene un error en sus resultados (con una seguridad del 90%) de +/- 1'3 puntos, ¿en qué se gastan los millones en campaña, en eliminar ese 10% de incertidumbre?". Dicho de otro modo: "¿9 de cada 10 españoles son zombis políticos, los políticos lo saben y se aprovechan de ello?". Las encuestas y los guerrilleros de las ondas parecen verlo de ese modo, y parece que las intenciones más honestas, sencillas y concretas van a quedarse otra vez en el armario, mientras los políticos y demás polichinelas echan gasolina a la fogata patria.

No querría llevarme a engaño con el valor de mi voto. Las encuestas no sólo me dicen que "ya está tó el pescao vendío", sino que además, desde el punto y hora que los políticos prefieren los "estudios de campo por cuenta ajena" a poner el pie en la calle y palpar el ambiente, debe ser cierta la tesis de que la masa en la que estamos incluidos es previsible y maleable. Frente a esta mentalidad del poderoso, está la de aquellos que creen que los partidos son el medio de participación ciudadana en el sistema: animosos y creativos, se lanzan a la creación de plataformas y candidaturas con propuestas magníficas que, lamentablemente, se ven ahogadas por la falta del oxígeno mediático o acaban muriendo de hambre porque no tienen ni para mantenerse. Son las señas de identidad de un sistema mal montado y peor administrado, cuya peor característica no es una ley electoral que ya no convence a nadie, sino el tráfico de influencias y subvenciones que mantiene amarrados todos los cabos en una compleja red partidista.

¿Y qué hay de lo nuestro? Pues creo que las elecciones han acabado por convertirse en la "misa de domingo" de la "democracia" y lo nuestro viene a ser como "comulgar". Lo diré de otro modo: las elecciones me parecen más una ceremonia de adhesión comunitaria que el rito original de la democrática al que debieran parecerse. Desde el punto y hora que incluso las dictaduras más largas y represivas han usado el voto para su legitimación, no deberíamos esperar de las elecciones más que la oportunidad de hacer un pequeño corte de manga a los poderosos, aunque ya se sabe que los políticos tienen inhibida la capacidad de ruborizarse y que el sistema político heredó del anterior la tradición de no dimitir ni por vergüenza torera.

Quizás no nos demos cuenta de lo complicado que resulta todo: habrán pasado cuatro años cuando volvamos a las urnas el 9 de Marzo. Para ese momento, habré votado unas cuatro veces, es decir, habré dedicado unas... pongamos 7 horas de mi vida en participar (o no) en el sistema, pero habrán pasado 4 años completos. ¿Se supone que, en 7 horas, he cumplido mis obligaciones con mi país, con mis conciudadanos o con mi futuro? ¿Puedo quedarme tranquilo después de la liturgia electoral; ya estoy redimido de todo esfuerzo y salvado de toda preocupación ciudadana? ¿He de abandonarme al misterio de la transmutación de la papeleta en tapicería oficial y del escrutino en escaño?

Yo no puedo verlo así: cuando pasen 4 años, con ellos se habrán ido 1.460 días, con sus 35.040 horas. Si quitamos a éstas las horas que necesito por el hecho de ser humano para descansar y demás, aún así me quedarían unas 14.016 horas en las que he vivido inevitablemente - como ser político que soy - rodeado de noticias, conversaciones y acontecimientos que, de algún modo, condicionan mi vida ahora y a futuro. De esas horas, lógicamente, muchas habrán sido para mis obligaciones; pongamos que el 80%: aún así, me quedarían 2.803 horas libres, en las que podría, al menos por un rato, haber pensado un poco en mi vida, en mi ciudad y en mi país. Quizás, de esas horas libres, dedicara un mísero 1% a pensar en qué debería hacer yo como ciudadano, ante los acontecimientos y circunstancias que vivimos. Estaría hablando de 28 horas, es decir cuatro veces más tiempo que el que he dedicado a pensar en el sentido de mi voto e ir a dejar la papeleta o amarrarme al sofá para no salir corriendo arrepentido.

¿Qué he hecho yo con esas 28 horas? Haciendo un poco memoria, las he invertido en lo siguiente:

  1. En asistir a la multitudinaria manifestación del 12 de Marzo de 2004, en la que sólo pude andar unos 500 metros porque a esa altura los políticos ya habían llegado al final, luego el millón largo de sevillanos que estábamos en la calle ya podíamos recogernos.
  2. En votar el 2004 contra el PP, con el resultado que todos conocemos.
  3. En votar contra la propuesta de Constitución Europea en el único distrito sevillano que fue criticado por Pepe Blanco tras la consulta.
  4. En abstenerme en el referéndum para el Estatuto de Andalucía, pensando que una masiva abstención (que no despiste ni ausencia) serviría para alarmar a los palmeros. ¿Alguien recuerda el porcentaje de abstención?
  5. En votar en las municipales al programa político que más me ilusionó, con el resultado de que mi voto se acabara yendo por el retrete.
  6. En escribir correos sin respuesta: a mis senadores, al Lehendakari, al Presidente de la Junta de Andalucía, al Secretario General del PSOE, a la librería del Congreso de los diputados...
  7. A participar en propuestas políticas: desde un carta remitida al PP ante su congreso general (en 2005, creo) hasta participar en la formación de grupos ciudadanos como Ciudadanos por la Democracia.
Si tuviera que condensar estas experiencias en mi decisión ante las inminentes elecciones, desde luego que me quedaría en mi casa. Mucho más cuando, como he dicho, creo que toda la farfolla electoral y tanto apaño para el "reparto de la tarta" son colesterol en vena para esta insana democracia. Pero no es así: mi apunte personal, de cara a las próximas elecciones, es que me gustaría que cada persona reivindicara con orgullo el valor de su voto y ejerciera su voto con madurez y soberanía. Así que, todos aquellos que piensan que este sistema apesta, que no son masoquistas y que pasan de ver cómo se ningunea su voto, los que sienten que no pueden menos que manifestar su asqueo del ambiente viciado con un voto higiénico y los que han encontrado a la vejez una ilusión política a la que aferrarse, en definitiva, ese 10% de la población que inquieta a los encuestadores, politólogos y amigos, tiene todo mi respeto y consideración y a todos ellos les deseo que algún día vean cómo reina la decencia, la honestidad y la ilusión en política, en lugar de las encuestas de opinión y los trapicheos entre partidos.

Pero - y aquí pongo punto y final a esta reflexión -, yo no puedo condensar en un voto todas mis preocupaciones, ni resumir la motivación y el fruto de mis esfuerzos en un boleto o un gesto de rebeldía. Es que tampoco quiero. Los próximos 4 años de mi vida, con sus 1.460 días y sus más de 30.000 horas serán cruciales para mí, porque será en ellos en los que termine mi carrera, me incorpore al mundo laboral, en los que maduren mis proyectos personales y probablemente en los que por fin pueda emanciparme. Todo ello sucederá en un contexto que, a día de hoy, se antoja inestable en todos los ámbitos salpicados por la política. Embarcado como estoy en un país cuya nave, independientemente de la robustez de sus palos, hace años que anda sin rumbo en educación y cohesión social, me preocupa y mucho cuáles serán las circunstancias que me envolverán en los próximos años y, mucho me temo, gobierne quien gobierne sentiré un profundo resquemor y una sensación creciente de incomprensión, de desamparo y de desencanto con respecto a la clase política. Tendré que desayunar todas las mañanas con la misma mala leche y salir con la fresquita a aguantar la frustración de una ciudad congestionada, sucia y en ocasiones inhóspita, empapelada en consignas, alimentada de buenas intenciones avinagradas hasta lo insufrible, de buenismo, de hipocresía y mucho rebujito para esconder la crueldad del orden social y la injusticia inherente que nace de nuestro sistema político, gobernada por gente con ambiciones egoístas, una pobre formación y mucha caradura, rajados por los años hasta convertirse en sombras y reflejos aumentados de sus propios enemigos, fantasmas de sus ilusiones juveniles.

Creo que en los próximos 4 años tendré que dedicar más de 28 horas a cuidar de mi ciudad y de mi país, porque me estoy jugando los cuartos. Y creo que toda la gente crítica, autónoma y lúcida que queda en este país debería hacer lo mismo. Ésa sí que sería una elección en la que ganaríamos todos los ciudadanos, estoy convencido.

1 comentarios:

  1. manuel lissén Says:

    Una pequeña anotación de las nueve y media: efectivamente, el tema tiene su eco en la red en diferentes formas. Merece la pena detenerse en los siguientes:

    * Malditos indecisos, en La Huella Digital.
    * Todos perderemos el 9 de Marzo, en Ciudadanos en la Red.
    * Votantes exquisitos, de Javier Ortiz.
    * Elecciones 2008: ¿Qué votar?, en Voto en Blanco.

    Posted on 6 de febrero de 2008, 21:58